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miércoles, 8 de junio de 2011

Acertijos



* De Jean Paúl Sartré: “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás”. Camelot.

Por: Gilberto Haaz Diez

EL 7 DE JUNIO
7 de junio, se celebra en México el Día de la Libertad de Expresión.
Cuando gobierno y periodistas se sientan a comer a la misma mesa.
Antes era el Día de la Libertad de Prensa, como se le llamó un tiempo.
Un contubernio bien armado entre el poder del gobierno y los grandes editores de los diarios. Entre el presidente Miguel Alemán Valdés y el poderoso editor, coronel José García Valseca.
El 7 de junio de 1951 en la ciudad de México, Pedro Vargas y Toña la Negra entonaban canciones de aquella época. Era la primera comida cuando el coronel, que si tenía quién le escribiera, dijo así, con inspirado acento: “Gracias, señor Presidente, por la forma tan rápida que solucionó la escasez de papel”.
Faltaba menos, habrá dicho el padre del exgobernador de las estrellas.
Años después, otro presidente le arrebataría sus diarios.
Tiempos de otro México que no volverá. Cuando solo había un tlatoani poderoso.
Cuando el congreso ajustaba los relojes para ponerlos a la hora del presidente en turno.
Cuando empresarios, editores de medios, periodistas, buscaban en Palacio Nacional la línea que los haría llevar al camino del bien.
La lámpara de Diógenes que les alumbraría.
Atrás han quedado escenas históricas y anécdotas de gente que perdió sus medios.
De gente que, irritando al poder, tuvieron que emigrar a otras tierras porque el poder era absoluto y cuando el poder es absoluto corrompe absolutamente, según decir de Minga, una gente de mi pueblo.
Ahora las expresiones se dan por diversos medios: prensa, radio, TV, Internet, Facebook, Twiters, Blogs y lo que se pueda.
Lejanos quedaron aquellos días en que con señales de humo los indios se alertaban si llegaban los malosos John Wayne a alborotarles el gallinero. Un medio de comunicación y expresión antiguo.
O aquel episodio cuando el jefe Sioux ‘Toro Sentado’ hizo morder el polvo al general George Custer, en la batalla de Little Big Horn, una de resultados desastrosos para el ejército americano, donde no quedó sobreviviente. Las señales de humo hablaron de victoria contundente.
La prensa en México vive sus asegunes.
Hace nada anduve y andé en una premiación con los periodistas de la Fapermex (Federación de Asociados Periodistas Mexicanos), en Cuernavaca, Morelos, que también es pueblo; exhibían numeralia de no sé cuántos periodistas muertos o desaparecidos.
Es que la ONU, Reporteros sin Fronteras, el Vaticano con la Valentina Alazraki y hasta Kamalucas, un filósofo de mi pueblo, aseguran que ejercer el periodismo en México es más peligroso que caminar por una calle de Afganistán.
Periodistas desaparecidos y otros que se autonombran que los quieren desaparecer, y solo ven fantasmas en sus sombras.
Desde que Guttemberg inventó la primera imprenta, el periodismo ha sido una constante de queja. Una relación de odios y rencores. De los tiempos del ‘te pago para que me pegues’ al de ‘dame una señal chiquita’, como cantaba Roberto Jordán, hay una buena distancia en la tinta y el papel y en los medios electrónicos.
Hay algunos que manchan este oficio, del cual, decía García Márquez, era el mejor oficio del mundo. Los que piden pan y no les dan, y cuando les dan no quedan satisfechos y quieren más, mucho más. De todo hay en esta Viña del Señor, también existen los honestos, los que lo ejercen con responsabilidad y eficacia.
Hay tratados de cómo ejercer la responsabilidad de la comunicación.
Libros y más libros.
Los diarios pierden lectores por el Internet. Es una preocupación mundial. Les pega a todos, desde los más encumbrados a los más modestos.
Los jóvenes no leen. Y si lo hacen, lo hacen por la electrónica.
Uno se encuentra en el camino, como me ocurrió ayer que vagabundeé por Plaza Américas de Veracruz, después de comer en El Gaucho de Siles con mis cuates, Perro Uribe y José Luís Rico, en el Mall encontré a un lector que me detuvo. Se presentó como uno de mis 71 lectores, cosa que le agradecí. Son cosas de la fama, aunque la fama, decía el escritor Xavier Velasco, sólo sirve para conseguir buena mesa en restaurante.
Allí en El Gaucho, el Perro, que es soltero, peló los ojos cuando vio salir a una bella dama, joven, que caminaba con la cadencia de una brasileña. Vamos, como si Pelé llevara la bola en cualquier estadio de fútbol del mundo, con garbo y majestuosidad.
Pero andaba en la Expresión.
De los periódicos se han dicho miles de cosas. Y el periodismo ha vivido sus años de gloria, escrito páginas inmortales como aquella cuando el Washington Post hizo morder el polvo a un presidente, que terminó por decirles a sus súbditos: “ahí se ven”, y renunciar al imperio. Todo por un filtrador chismoso, un garganta profunda que hizo sucumbir a la Casa Blanca. Y dos reporteros acuciosos.
Constitucionalmente los grandes países democráticos han intentado darle manga libre a la expresión. Una de las primeras enmiendas de la Carta Magna de Estados Unidos es para la libertad de expresión.
Uno de los Padres Fundadores de la Patria, Thomas Jefferson, habló de ello: “Si de mi dependiera y hubiera que elegir entre tener gobiernos sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría ni un instante en preferir esto último”.
Aunque luego, poquito mas tarde cuando un periodista le dio un madrazo, enojado dijo así de ellos: ‘Los anuncios contienen las únicas verdades fiables de un periódico”.
Alguna vez alguien escribió que ‘los periodistas son en realidad políticos que escriben, mientras que los políticos son periodistas que toman decisiones después de leer, pulsar y compulsar a la opinión publica’.
Ayer 7 de junio, el gobernador Javier Duarte debió haber convivido con los periodistas. Es su primera aparición en estas ligas. Suceso que no les puedo platicar, porque no pude asistir. Para la otra.
Comentarios: haazgilberto@hotmail.com

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